lunes, abril 17, 2006

Los cinco principales (XIV)
5 series de dibujos animados
1. Sherlock Holmes
2. The Simpsons
3. Dartacan y los tres mosqueperros
4. Los Osos Gummi
5. Scooby Doo

domingo, abril 16, 2006

Sabor a verdad
Deudas pendientes y Ajuste de cuentas podían ser perfectamente los títulos de dos telefilmes baratos de media tarde, o de dos westerns de serie B de ésos que encuentras por euro y medio en los kioscos. Son, sin embargo, dos títulos que me recordaran durante algún tiempo a esta Semana Santa que hoy termina. El primero es el título de una novela de un tal Antonio Jiménez Barca, redactor de El país del que me suena haber leído alguna vez un reportaje. Es una historia modesta, sin pretensiones, de un tipo con un desastre de vida que encuentra un asidero al que agarrarse cuando tiene que involucrarse en la investigación del crimen del que hace años fue su mejor amigo. Para ello, tiene que volver al barrio periférico en el que se fraguó su amistad, reencontrándose con un pasado tan incómodo como nostálgico, lleno de viejos amores, pandillas que parecían indestructibles, copazos de ginebra Lirios (con i) y, en definitiva, amor al barrio.
Ajuste de cuentas es el título del último disco de Quique González, un directo recopilatorio en el que aparecen Iván Ferreiro, Jorge Drexler o Bunbury y en el que se da un repaso a un cancionero que suena ahora más americano y fronterizo que nunca. Con formato de banda y una amplia sección de cuerda con slide, violín y contrabajo incluidos, los temas de Quique González, un tipo con talento y con una fuerte personalidad intuida ya desde su primer disco, suenan a verdad sin renunciar por ello al preciosismo. Se echan en falta más canciones de Personal, aquel primer disco tan springsteeniano, pero el disco merece la pena. Se observa en él que hay una idea de sonido muy clara desde el principio, que se sabe a qué se quiere que suenen las canciones y que no hay duda de que, por encima de los temas, manda el estilo de la banda. El disco está cantado con una variedad de registros desconocida hasta ahora y sustituyendo la urgencia de trabajos anteriores por un reposo que hace descubrir aristas nuevas en cada canción.
Más allá de las similitudes de los títulos, y de la coincidencia de que ambos me hayan ayudado a pasar el trago de la Semana Santa, que es una fecha que tiende a ponerme especialmente nervioso y triste, y no precisamente por motivos religiosos, el libro y el disco me gustan porque tienen algo cada vez más difícil de encontrar en un mundo con tendencia a la prefabricación, y es que destilan verdad. Y, rodeados de estereotipos como estamos, eso es algo que se agradece mucho.

viernes, abril 14, 2006

Verdinegro
Cuando estás fuera de España piensas que durante tu ausencia van a ocurrir miles de cosas, que va a haber miles de noticias, que, a pesar de estar fuera tan sólo unos días, al país no le va a reconocer a tu vuelta, como decía Guerra, ni la madre que lo parió. Por eso te lanzas con ansia al periódico que reparte la azafata del avión y, aunque sea el ABC, te lo lees de arriba a abajo, buscando qué es eso tan importante que ha ocurrido durante tu marcha, eso de lo que ya todos estarán hablando y de lo que tú tan sólo tienes una ligera idea intuida por algo que han dicho en el Canal Internacional de TVE, por una conversación captada a medias en la cola de los mostradores facturación de Iberia o por un titular de periódico intuido entre una inmensidad de titulares en lengua desconocida.
Cuatro días no cambian nada, por mucho que descubras atónito y algo indignado que la Campanario es una timadora que probablemente nunca pise la cárcel, que veas con preocupación que la tregua de ETA tiene algún punto más oscuro y menos ilusionante del que se pensaba, que te alegres de que Lotina tenga por fin el título que se merece por su perseverancia, su buen tino como entrenador y su cara de buena gente o que te alivies al saber que el payaso de Berlusconi dejará por fin de ser el primer ministro de Italia. Cuatro días no cambian nada, y, sin embargo, cuatro días han bastado para que, de forma discreta, mi equipo de baloncesto vuelva al primer plano informativo al ganar la Final Four de la Fiba EuroCup, un título europeo menor, que sería algo así como el equivalente a la antigua Copa Korac.
Porque yo siempre fui del Joventut de Badalona, un equipo que, como el Estudiantes o el más reciente TAU, sólo jugaba al baloncesto, que no era sección marginada de un club de fútbol y que no tenía en su escudo, como el Madrid o como el Barça, la "F" que indicaba que sus orígenes y su brillantez poco tenían que ver con las canchas de baloncesto. Un equipo que a pesar de los sucesivos patrocinios, a pesar de ser Ron Negrita, Montigala, RAM, 7 Up, Pinturas Bruger o DKV Seguros, siempre fue la Penya, siempre fue el equipo verdinegro, siempre fue una cantera de baloncesto que supo llevar a la práctica como pocos, y mucho antes que Florentino apareciese por el mundo del deporte, la mezcla de Zidanes y Pavones. El Joventut vivió siempre de su cantera, una inagotable cuna de jugadores de la que muchas veces se aprovecharon Barcelona y Real Madrid ,que vio nacer a Andrés Jiménez, a Josep María Margall, a José Antonio Montero, a Jordi Villacampa, hoy convertido en presidente de la entidad, a Rafa y a Tomás Jofresa, a Juanan Morales, a Jordi Pardo, a Carles Ruf, a Xavi Crespo, a Àlex Mumbrú, a Raül López y a un sinfín de jugadores cuyo mejor abanderado actual sería Rudy Fernández, un jugón que se mueve como Pantera Rosa por la pista, desgarbado, saltarín y con la inocencia aún dibujada en su rostro lleno de acné. Junto a ellos, la historia del equipo la fueron perfilando fichajes de extranjeros que marcaban época, de americanos, como Regginald Johnson, Harold Pressley, Tanoka Beard o Maceo Baston, que no hubieran desentonado (y algunos no lo hicieron) en la NBA. Con cantera y buenos fichajes, una técnica que suena fácil pero que es dificilísima de llevar a la práctica, porque requiere paciencia, buenos ojeadores, liquidez constante y, sobre todo, afrontar el presente sin dejar nunca de mirar al futuro, el Joventut fue el mejor equipo español de hace una década, ganando varias Ligas, una Recopa y una Copa de Europa y dejando de vencer en una por un maldito triple de Djorcevic a falta de cinco segundos. Entrenado sucesivamente por Julbe, Brown y Obradovic, con un quinteto inicial que hasta los niños se sabían de carrerilla (Rafa Jofresa, Villacampa, Pressley, Thompson y Ferrán Martínez) y un banquillo compuesto por jugadores que hubieran sido titulares sin problemas en otros clubes, como Tomás Jofresa, Dani Pérez, Mike Smith o Juanan Morales, la Penya me alivió no pocas resacas los domingos por la mañana, cuando Pedro Barthe narraba partidos a las 13:15 en La 2, y me dio muchas tardes de satisfacción entre semana al imponerse en campos europeos hasta entonces temibles, como esas canchas griegas de las que caían sillas y cascos de moto o esas desangeladas pistas del Este que engendraban futuras estrellas de la NBA. Luego llegó la decadencia, alimentada por un par de años de malos fichajes, la entrada en vigor de la Ley Bosman, que hizo que tener dos buenos extranjeros dejara de ser tan decisivo, la rápida marcha de talentos como Raül López o Maceo Baston y el despegue de equipos como Unicaja, TAU y Pamesa. En esa travesía del desierto, aún tuvo tiempo la Penya para ganar una Copa del Rey y, sobre todo, para ser capaz de afrontar el presente sin dejar de mirar el futuro, consciente de que un par de años fuera de los play-off no tirarían por la borda un siglo de historia baloncestistica. Con Villacampa al mando y con el antiguo enemigo Aíto en los banquillos, el Joventut fue construyendo un equipo que ha ido al alza los tres últimos años y que certificó la semana pasada su retorno al olimpo de los grandes. Y que hizo, cómo no, que leer el periódico en medio de las turbulencias después de cuatro días fuera resultase mucho más grato de que costumbre.

domingo, abril 02, 2006

El alcalde lateral
Si no fuera dramático, el escándalo de corrupción del Ayuntamiento de Marbella sería una cosa de mucha gracia, ideal para hacer una españolada bufa. Hay de todo: autoridades que ponen el grito en el cielo por algo que todos intuíamos, yeguas de pura raza y cabezas de jirafa disecadas incautadas, concejales que coleccionaban coches de lujos, alcadesas lipusoccionadas liadas con sus guardaespaldas, concejalas con morritos operados que antes iban de legal guardando en su casa -cual Tio Gilito- montones de billetes en bolsas, ciudadanos que ahora dicen estar escandalizados cuando llevan más de una década dando a su apoyo a alcaldes de métodos mafiosos, exalcaldes casposos liados con tonadilleras bigotudas y, lo más divertido para mí, Tomás Reñones convertido en alcalde ocasional hasta que pase toda esta marejada.
Tomás Reñones fue durante muchos años capitán del Atlético de Madrid. Supongo que su labor como portavoz del equipo ante la presidencia generaría cierta confianza con Gil, que se lo llevó a Marbella como concejal desde que se retiró del fútbol. Y allí había permanecido hasta ahora, en un discreto segundo plano que le ha permitido no enfangarse (demasiado) en la corrupción y el dinero fácil que ha llevado a la cárcel a sus compañeros de corporación. Ahora que ha vuelto a salir a la luz pública, a uno le ha hecho gracia reencontrarse con un jugador leñero, de ésos a los que eufemísticamente se les denominaba "de raza", que tenía muy claro que si pasaba el balón no pasaba el jugador y viceversa. Reñones, al que fueron retirando progresivamente Geli y Aguilera tras el año de aquel doblete sólo pudo disfrutar en su medida de capitán puesto que ya apenas jugaba, sabía hacer muy pocas cosas en el campo de fútbol, pero hay que reconocer que las sabía hacer bien. Sabía correr y sabía repartir estopa, que es básicamente lo que tienen que saber hacer los laterales diestros (a los zurdos se les suele exigir cierto toque de balón, por aquello de que una pierna izquierda bien manejada siempre es un problema para los contrarios y porque un buen tirador zurdo, como Branco o Roberto Carlos, siempre es valorado), y, sobre todo, sabía sacar de banda, que no es algo crucial para el desarrollo del juego, pero que muy poca gente sabe hacer como hacía él. Cuando Tomás cogía el balón con las manos en la línea de banda y daba dos o tres pasos para coger impulso, todo el estadio sabía que la jugada iba a llegar sin problemas al área chica. Era la única especialidad de su juego, primario y brutal a más a no poder, en esa tradición atlética en la que también se encuadran Juanma López, Vizcaíno, Goicoetxea o Pedro, uno de los jugadores a los que más fuerte he visto nunca pegar el balón. Internacional ocasional, vivió la transición al gilismo del Atleti, y vio pasar por el vestuario a decenas de entrenadores y a cientos de jugadores, desde Arteche, Marina y Landaburu a Santi, Pantic y Molina pasando por Futre, Kosecky, Kiko o Tren Valencia. Fue durante más de una década el dueño del carril del "2" del Manzanares sin más méritos que los de ser una locomotora plena de velocidad, fuerza y resistencia. O, para dejarnos de romanticismos y reminiscencias épicas, por ser una mala bestia.
El otro día le vi en una rueda de prensa pidiendo paciencia para resolver los problemas, demandando la confianza de la ciudadanía, poniéndose a disposición de lo jueces y, en definitiva, intentando dar toda una lección de diplomacia. Él, que estaría deseando dar un puñetazo encima de la mesa y salir corriendo.

martes, marzo 21, 2006

Los cinco principales (XIII)
5 collejas que me apetece dar
1. Ángel Acebes, Eduardo Zaplana, José María Aznar y algún otro maleducado gerifalte del PP, a ver si se dan cuenta de una puta vez de que perdieron las elecciones y son oposición y no gobierno
2. Samuel Eto'o, pero no por negro, como diría él, sino por niñato
3. Mercedes Milá, por mearse en la ducha y ser tan demagoga y pretenciosa como estúpida e inaguantable
4. María Patiño, Jorge Javier Vázquez y todos esos periodistillas demagogos de medio pelo a los que se le llena la boca hablando de libertad de expresión sin tener ni puta idea de lo qué es la información
5. Ignacio Villa, Federico Jiménez Losantos, Cristina López Schlichting, Rosa Regás (de izquierdas, pero igual de fascista que los anteriores), Rouco Varela y todos esos neonazis empeñados en hacernos creer que la única visión válida de la vida es la suya

domingo, marzo 19, 2006

Del botellín al botellón
"Antes el alcoholismo comenzaba por un botellín y era horrible. Imagínese cómo será ahora que empieza por un botellón". Con gracia y salero, un alcohólico rehabilitado comentaba el otro día los perniciosos efectos de los botellones, esas diabólicas reuniones de jovenzuelos viciosos que dentro de poco entrarán en la lista de las principales preocupaciones de los españoles. Las ciudades no parecen tener más problemas que los causados por estudiantes borrachuzos; los medios de comunicación hablan y hablan del tema a todas horas, bien complementados por unas imágenes de contenedores quemados, cargas policiales y piedras voladoras que justifican por sí solas ver cualquier telediario; y los ciudadanos, esos ilustres señores bienpensantes que identifican juventud con vandalismo y pereza, aplauden a los ayuntamientos que deciden sacar coches y coches policiales a la calle a frenar las disturbios ocasionados, al parecer, por los botellones.
A simple vista, y siempre que se haga respetando ciertos níveles de cordura, un botellón no tiene ninguna connotación negativa. Aire libre, amigos, alcohol de calidad barato... eso suena mucho mejor que bares llenos de gente y sudor en los que sirven garrafón a precio de oro, no ponen siempre la música que uno quiere escuchar, tienes que hacer cola para mear y encima las tías no te hacen ni caso. Es cierto que beber al aire libre tiene algunos problemas de higiene y salud pública: acumulación de basuras y fluidos corporales, ruido... Lo primero tiene fácil solución: acondicionar en las zonas en las que la juventud suele quedar para beber grandes contenedores y casetas de baño. Para solucionar lo segundo bastaría con aplicar el sentido común e intentar juntarse en zonas alejadas del centro para no molestar demasiado a nadie.
Dicen los intelectuales sesudos que participan en las tertulias que el botellón incita a beber masivamente y que identifica alcohol con diversión. Salir por la noche incita a beber masivamente, independientemente del plan que tengas. Desde los 17 años hasta los 21 años me emborraché (y conmigo todos mis amigos y supongo que toda mi generación), al menos, uno de cada cuatro fines de semana de los que salí por la noche. Y apenas hice botellones. Me emborraba en los bares, bebiendo bebidas infectas que hacían que a la mañana siguiente mi wáter pareciese un castillo de furgos artificiales y pagando precios abultadísimos por envenenar mi cuerpo. No sé si estoy demasiado orgulloso de mi conducta o no, pero reconozco que hubo noches en las que me reí mucho y me lo pasé francamente bien. Pero no necesitaba el alcohol para divertirme (de hecho, me divierto también ahora que sólo bebo cañas y, muy vez en cuando, algún licor de ésos que me ponen pesado y dormilón), ni estaba en la antesala de la adicción. Y si lo estaba, no vino ningún tertuliano imbécil a preocuparse por mí. Como tampoco se preocupó ninguno cuando viví encima de un puticlub y todas las noches había ruidos hasta las cinco de la mañana. O cuando me encontré una asquerosa pota en mi ascensor un domingo por la mañana. Entonces no había vandalismo, ni ruidos, ni delito contra la salud. Entonces había un empresario que se enriquecía por medio. Y entonces hablábamos de la cultura del vino, de que un poquito de alcohol es bueno para el corazón, de que ya se sabe que en las fiestas todo se desmadra un poquito, de que quién no se ha emborrachado de joven. Los ayuntamientos entonces no hacían nada, ni tampoco los medios de comunicación, ni siquiera los ciudadanos bienpensantes, que se tomaban su par de vinos antes de subir a casa y su whiskito antes de dormir.
Evidentemente, no voy a justificar a los cerebros de chorlito que se sientan en un portal a tomar copas a las ocho de la tarde, ni a los salvajes que se dedicaron a quemar contendeores y a tirar piedras a la policía la otra noche, pero sí que tengo muy claro que antes de prohibir sistemáticamente consumir alcohol en la calle (¿con qué derecho me impide el ayuntamiento, que da las licencias para las terrazas, no tomarme una cerveza sentado en un banco público?) se debería estudiar por qué el botellón se ha convertido en un fenómeno masivo. Es cierto que hay mucha tontería y mucho niño bobo detrás, pero también lo es que alguna razón habrá para hacerlo. Y una vez estudiado, se podrían plantear qué medidas podrían acabar con él si tan malo es. Pero no creo que la solución pase por sacar a todo el cuerpo policial a la calle para repartir estopa. A no ser, claro está, que lo que se quiera sea demonizar a los jóvenes y conseguir el apoyo electoral de todos esos bienpensates del whiskito que repiten sin cesar que, a ésos, "una guerra es lo que les hubiera hecho falta".

jueves, marzo 16, 2006

Los cinco principales (XII)
5 discos en directo del rock español
1. En directo, Burning
2. Al límite, vivo y salvaje, Ramoncín
3. ÚItimo concierto, 091
4. ¡A por ellos! ... que son pocos y cobardes, Loquillo y los Trogloditas
5. Ante todo: mucha calma, Siniestro Total