Verdinegro
Cuando estás fuera de España piensas que durante tu ausencia van a ocurrir miles de cosas, que va a haber miles de noticias, que, a pesar de estar fuera tan sólo unos días, al país no le va a reconocer a tu vuelta, como decía Guerra, ni la madre que lo parió. Por eso te lanzas con ansia al periódico que reparte la azafata del avión y, aunque sea el ABC, te lo lees de arriba a abajo, buscando qué es eso tan importante que ha ocurrido durante tu marcha, eso de lo que ya todos estarán hablando y de lo que tú tan sólo tienes una ligera idea intuida por algo que han dicho en el Canal Internacional de TVE, por una conversación captada a medias en la cola de los mostradores facturación de Iberia o por un titular de periódico intuido entre una inmensidad de titulares en lengua desconocida.
Cuatro días no cambian nada, por mucho que descubras atónito y algo indignado que la Campanario es una timadora que probablemente nunca pise la cárcel, que veas con preocupación que la tregua de ETA tiene algún punto más oscuro y menos ilusionante del que se pensaba, que te alegres de que Lotina tenga por fin el título que se merece por su perseverancia, su buen tino como entrenador y su cara de buena gente o que te alivies al saber que el payaso de Berlusconi dejará por fin de ser el primer ministro de Italia. Cuatro días no cambian nada, y, sin embargo, cuatro días han bastado para que, de forma discreta, mi equipo de baloncesto vuelva al primer plano informativo al ganar la Final Four de la Fiba EuroCup, un título europeo menor, que sería algo así como el equivalente a la antigua Copa Korac.
Porque yo siempre fui del Joventut de Badalona, un equipo que, como el Estudiantes o el más reciente TAU, sólo jugaba al baloncesto, que no era sección marginada de un club de fútbol y que no tenía en su escudo, como el Madrid o como el Barça, la "F" que indicaba que sus orígenes y su brillantez poco tenían que ver con las canchas de baloncesto. Un equipo que a pesar de los sucesivos patrocinios, a pesar de ser Ron Negrita, Montigala, RAM, 7 Up, Pinturas Bruger o DKV Seguros, siempre fue la Penya, siempre fue el equipo verdinegro, siempre fue una cantera de baloncesto que supo llevar a la práctica como pocos, y mucho antes que Florentino apareciese por el mundo del deporte, la mezcla de Zidanes y Pavones. El Joventut vivió siempre de su cantera, una inagotable cuna de jugadores de la que muchas veces se aprovecharon Barcelona y Real Madrid ,que vio nacer a Andrés Jiménez, a Josep María Margall, a José Antonio Montero, a Jordi Villacampa, hoy convertido en presidente de la entidad, a Rafa y a Tomás Jofresa, a Juanan Morales, a Jordi Pardo, a Carles Ruf, a Xavi Crespo, a Àlex Mumbrú, a Raül López y a un sinfín de jugadores cuyo mejor abanderado actual sería Rudy Fernández, un jugón que se mueve como Pantera Rosa por la pista, desgarbado, saltarín y con la inocencia aún dibujada en su rostro lleno de acné. Junto a ellos, la historia del equipo la fueron perfilando fichajes de extranjeros que marcaban época, de americanos, como Regginald Johnson, Harold Pressley, Tanoka Beard o Maceo Baston, que no hubieran desentonado (y algunos no lo hicieron) en la NBA. Con cantera y buenos fichajes, una técnica que suena fácil pero que es dificilísima de llevar a la práctica, porque requiere paciencia, buenos ojeadores, liquidez constante y, sobre todo, afrontar el presente sin dejar nunca de mirar al futuro, el Joventut fue el mejor equipo español de hace una década, ganando varias Ligas, una Recopa y una Copa de Europa y dejando de vencer en una por un maldito triple de Djorcevic a falta de cinco segundos. Entrenado sucesivamente por Julbe, Brown y Obradovic, con un quinteto inicial que hasta los niños se sabían de carrerilla (Rafa Jofresa, Villacampa, Pressley, Thompson y Ferrán Martínez) y un banquillo compuesto por jugadores que hubieran sido titulares sin problemas en otros clubes, como Tomás Jofresa, Dani Pérez, Mike Smith o Juanan Morales, la Penya me alivió no pocas resacas los domingos por la mañana, cuando Pedro Barthe narraba partidos a las 13:15 en La 2, y me dio muchas tardes de satisfacción entre semana al imponerse en campos europeos hasta entonces temibles, como esas canchas griegas de las que caían sillas y cascos de moto o esas desangeladas pistas del Este que engendraban futuras estrellas de la NBA. Luego llegó la decadencia, alimentada por un par de años de malos fichajes, la entrada en vigor de la Ley Bosman, que hizo que tener dos buenos extranjeros dejara de ser tan decisivo, la rápida marcha de talentos como Raül López o Maceo Baston y el despegue de equipos como Unicaja, TAU y Pamesa. En esa travesía del desierto, aún tuvo tiempo la Penya para ganar una Copa del Rey y, sobre todo, para ser capaz de afrontar el presente sin dejar de mirar el futuro, consciente de que un par de años fuera de los play-off no tirarían por la borda un siglo de historia baloncestistica. Con Villacampa al mando y con el antiguo enemigo Aíto en los banquillos, el Joventut fue construyendo un equipo que ha ido al alza los tres últimos años y que certificó la semana pasada su retorno al olimpo de los grandes. Y que hizo, cómo no, que leer el periódico en medio de las turbulencias después de cuatro días fuera resultase mucho más grato de que costumbre.